La Tentación.
Viernes 31 de diciembre de 1999, Madrid.
Un restauran elegante. Cubiertos y finas vajillas del siglo XVIII. Copas llenas de vino y champaña. De fondo las tenues melodías de una arpa y un piano de cola. Los meseros atienden con cortesía y esmero a sus importantes clientes, crema y nata de la sociedad.
Los candelabros góticos irradian suaves ondas de luz, provocando un ambiente personal e íntimo, adornado por cuadros y esculturas del renacimiento. El piso de cerámica italiana y las cortinas de seda China matizan con el blanco colonial de las paredes.
Los manteles azules de tono tan suave que rozan el blanco, como los ojos de esa mujer de negro que acaba de entrar al restauran. Aquella que cubre su piel con un vestido de leather de toque victoriano en el escote y el vuelo. Su cabello negro se desvanece en las proximidades de sus nalgas. Más que una cara, su rostro es una esquirla de luz que se fugó del crepúsculo para vivir por siempre en ella.
Con paso firme y arcano se desliza entre los muebles Luís XVI, cautivando las miradas de todo ser a su alrededor. El tiempo se suspende ante su presencia, sólo ella tiene el derecho de moverse, de ser, de vivir, ella y su sombra…y todo lo que habita en esta.
Esta oda a lo sublime detiene sus pasos ante una de las mesas donde alguien come dados de langosta marinados en vino blanco, sin prestar la mínima atención a la diva, alguien que por su poder puede escapar de al sortilegio abismal que irradia dicha mujer.
— He venido a buscarte Narmasulieris — estas son las palabras de esta enigmática figura, su voz es etérea, como un halo de luz que ilumina los sentidos. Aquel que degusta su plato levanta su cabeza ligeramente, observa, sonríe y continua comiendo. — Narmasulieris, mi siempre amado, por el aprecio que te tengo no quisiera entrar en injusta lid contigo. — una carcajada que se suspende en el tiempo brota de la garganta de Narmasulieris.
— ¿Injusta? ¿Pero para quien, mí siempre amada Kulja? Supongo que no es para mí.
— Si consideras que seria una Lid justa, y no pretendes venir conmigo por tu voluntad, entonces dame el honor de danzar contigo.
— Mi pies, alas, garras…mi ser, están cansados de danzar ya, mis ojos tienen arena y mi paladar esta lleno del amargo polvo rojo que flota en los campos de batalla, ve y dile a Él que combata sus propias guerras, las guerras que Él creó y disfruta tanto es su celestial sadismo irrefutable. Si me amas tanto como yo a ti, déjame seguir viviendo en paz entre estas mansas ovejas, sabes que yo no soy el lobo por el cual debes preocuparte.
— Sabes que entre en deber y el querer está el abismo de nuestras almas, quiero… pero sabes que debo, espero que tu amor sepa perdonar a mi deber.
— Sabes que mi amor te perdonará, mi amor sabe que sólo eres una ficha como una vez lo fui yo y que aun no sabes hacer otra cosa más que cumplir con tu deber. — Narmasulieris, sonríe con agrado a Kulja — ¿Me dejas terminar mi plato y reposar o tienes prisa?
Kulja se sienta frente a Narmasulieris, mientras el tiempo a su alrededor continua suspendido en el segundo de la eternidad. Narmasulieris saborea cada dado como si fuese la primera y última vez que disfrutara de ellos, al terminar de comer deleita su paladar con una copa de carbenet sauvignon.
— ¿Nunca has probado el vino, cierto? — dice dirigiéndose a Kulja.
— No.
— ¿Ni la langosta?
— No.
— No has probado ningún majar…eso es deprimente, toma, bebe. — Narmasulieris vierte vino en una copa. Kulja la observa con sus bellos e inexpresivos ojos azules. — Por favor, he accedido a danzar contigo, considero justo que tú brindes conmigo. — Kulja tomo la copa entre sus delicados dedos. — Brindemos por los placeres de la carne, por la pasión, por lo fugaz, brindemos por las ovejas que viven felices en su bendita y envidiada ignorancia, salud. — Narmasulieris bebió el vino de su copa. Kulja observa el líquido y lentamente lleva la copa a su boca, sus labios rosados tocan el frió cristal, el vino toca sus sentidos, el sabor inunda su alma, mientras el líquido recorre su lengua y se sumerge en su interior como una caricia divina. Kulja queda extasiada bajo el embrujo de las uvas. — ¿Sabes? lo primero que sentí al caer… fue vino, en verdad fue el vino en cierta manera lo que me hizo caer, o al menos la ultima gota que desbordo el vaso de mis abismos, se que algún día lo entenderás… Es tiempo de que dancemos mi amada Kulja, ya he cumplido con mi misión…
— ¿Cual? — pregunta Kulja mientras el la esencia calida del vino persiste en sus sentidos.
— Abrir tus ojos…
Narmasulieris y Kulja salen del restauran, sus cuerpos se desvanecen en cada paso, mientras el tiempo reanuda sus pasos egoístas llamados segundos. Nadie se pregunta donde esta la mujer de negro o el hombre que comía langosta, nadie los extraña por que nadie los recuerda.
La Danza De Los Amantes.
Algún lugar en la costa Cantábrica.
Dos figuras observan el mar desde las alturas de acantilado. Las olas rompen contra la roca, el olor a agua y sal flota en la atmósfera. La noche es sublime, la luna llena ilumina el mar creando la ilusión de una sabana de plata que se extiende hasta el fin del mundo.
Narmasulieris alza su vista y contempla la luna, el sonido de las olas ahogan cualquier otro sonido, pero aun así ellos pueden oirse por que sus palabras no se escuchan con los oídos, sino con el alma.
— Bella noche para danzar, ¿no crees? — dice Narmasulieris mientras que en su mano derecha se materializa una espada y su ropa se transforma en una armadura de color azul con alas de plata. La armadura tiene grabado signos antiguos y marcas de batalla. Sus manos se transforman en fuerte garras, sus ojos se tornan carmesí y emanan de su interior un fuego intenso. Su piel de ébano pasa a ser roja y escamada. Su estatura aumenta al igual que su musculatura. Su voz también cambia, ahora se asemeja al rugir de una bestia. — En verdad es una bella noche para danzar.
Narmasulieris da la vuelta, Kulja está frente a él, a unos cinco metros. Las olas chocan contra las rocas. Narmasulieris ve a Kulja a los ojos. Antes de que las olas vuelvan a chocar contra la piedra… Narmasulieris corre hacia Kulja, cada uno de sus pasos deja huellas de fuego negro que destruyen la tierra, su espada se alza contra su amada Kulja, directo hacia su cuerpo, con intenciones de cortarla por la cintura a la mitad. Desde la sombra de Kulja emerge un tentáculo negro que detiene el curso de la espada.
De inmediato Narmasulieris ejecuta otro ataque, esta vez un puñetazo al vientre de Kulja, el cual no pudo ser detenido por su poder, el golpe se hunde en lo profundo de su abdomen, un golpe capaz de destruir una montaña de granito. El tentáculo negro envuelve a la espada y la arrebata de la mano de Narmasulieris, un segundo tentáculo le golpea en el rostro alejándolo de Kulja. Las olas chocan contra las piedras.
Narmasulieris observa los dos tentáculos salen de la sombra de Kulja, uno de ellos sostiene una espada, la cual se hunde entre las sombras. Las alas de plata de Narmasulieris comienzan a moverse, alas que se expanden y elevan al titán rojo a más de treinta metros de altura desde donde observa a Kulja. Toma un profundo suspiro… de su boca salen llamaradas de fuego, bolas incandescente queman el aire, Kulja se mueve con rapidez, su sombra la envuelve y se convierte en un par de alas similares a la de un murciélago, elevándola luego como un ave, las bolas de fuego chocan contra el suelo causando una explosión que se congela en el tiempo.
Kulja vuela hacia Narmasulieris, una batalla se libra en aire, saetas que se mueven a la velocidad del pensamiento. Kulja evita algunos golpes, otros no. Es agarrada por el cabello y arrojada contra el suelo y perseguida en su trayecto por Narmasulieris, cual si fuera halcón tras su presa, las alas de Kulja se convierten en tentáculos que se sujetan a Narmasulieris, ella le golpea con fuerza y rapidez, mientras ambos caen al suelo.
Los puños de Kulja impactan contra la armadura azul, Narmasulieris le da un fuerte cabezazo, seguido por un puñetazo en el costado. Ambos chocan contra el suelo, el impacto crea un cráter de más de diez metros de diámetros.
Las flamas de las bolas de fuego se extinguen.
Narmasulieris sale volando del cráter mientras el polvo aun se esparce por el acantilado. Un tentáculo sale de entre la nube de polvo y sujeta a Narmasulieris por el talón y lo es azota contra en suelo, una y otra vez de un lado a otro, cada impacto crear un cráter mucho antes que el polvo naciente del primer agujero se disperse.
Narmasulieris sujeta el tentáculo antes del siguiente impacto, da un fuerte tirón saca a Kulja del orificio. El titán se aproxima a ella y con su mano roja la abarca por cintura cual si fuera una muñeca. Ahora es Narmasulieris quien azota a Kulja contra el suelo, una y otra vez sin soltarla, en la otra mano se acumula una esfera de fuego, la cual estalla en el rostro de Kulja. El polvo se desvanece, dejando ver la figura de una mujer en el suelo, y un titán rojo de pie al lado de ella.
Narmasulieris sujeta a Kulja por el cabello y la levanta. La bella mujer cuelga inerte de su bello y largo pelo, Narmasulieris le ve a los ojos.
— ¿Por qué no estas danzando? ¿Es que acaso ya no soy digno de tu amor?
— Siempre serás digno de él, pero no danzas con la intención de vencerme, sino de partir
— Si lo sabes, ¿por que me niegas el privilegio de partir entre tus brazos?
—…
— Por favor, si me amas déjame partir, sólo así encontraré paz, ya he vencido a muchos, estoy cansado. Si te venzo a ti, vendrán más y más… ya no más.
Narmasulieris soltó el cabello de Kulja. Ella le observa y le regala una sonrisa, las sombras comienzan a envolverle, su bello cuerpo se transforma en algo diferente. Narmasulieris se eleva con sus alas de plata, sus ojos ven el cielo, una estrella fugaz atraviesa el firmamento…
Luego observa hacía abajo y contempla al extraño ser que le ve desde el suelo, una doncella oscura que expande sus alas de sombras y muerte y se eleva como saeta de oscuridad hacia el titán rojo, quien acumula una esfera de fuego y energía en sus manos, esperando el momento preciso…la velocidad de Kulja aumenta al igual que la intensidad de la esfera de fuego.
El impacto entre la sombra y el titán rojo es inevitable, pero él no ataca. La sombra atraviesa al titán, pero no destruye su armadura ni su piel roja, destruye su alma.
La estrella fugaz se disipa en el firmamento.
Narmasulieris cae al suelo, desde allí observa la luna. La figura de una mujer se acerca a él, y se sienta a su lado.
— Aún no entiendo el por qué.
— Prefiero morir libre entre ovejas que vivir condenado entre Avatares.
— ¿Que encontraste entre las ovejas? ¿Qué te dieron?
— Vino…
— ¿Vino? No entiendo…
— Ya lo harás. — los ojos rojos del titán se apagan mientras dice su ultima palabra. — Te amo.
— Te amo.
Una bella mujer contempla el mar y la luna al lado de un cuerpo que arde en llamas negras. Una mujer que piensa en el vino…